lunes, 28 de abril de 2014

Hoy, lunes 28 de abril, respondí a una nota que escribió mi amigo Alfredo Motta en su perfil de Facebook y por considerarlo del interés general, lo reproduzco en mi blog también.
Como de costumbre sus comentarios y opiniones respetuosas, son siempre bienvenidas.



Alfredo: 
A pesar que no nos conocemos hace mucho tiempo, se dice que uno conoce a los padres de las personas por la clase de hijos que educaron. De ser así, tuviste una gran madre, la cual se sentiría muy orgullosa del hijo que crió. No tienes de qué preocuparte.
La amistad no debería mezclarse con la política. Los valores y las buenas costumbres no tienen precio. Nuestro norte siempre deberá ser el amor y el deseo de mejorar ésa tierra que nos vio nacer y el estamos legando a nuestros hijos. Ellos tienen que ver que hay gente buena que les sirvan de ejemplo, pues solo así no muere la esperanza de honestidad, trabajo, respeto y valor de la palabra que hemos promovido muchos por varios años.
No desfallezcas, siempre habrá gente buena que te admiramos al igual que el trabajo que haces.
Debes sentir el pecho henchido del apellido que llevas, pues hay quienes sí conocemos la historia de ese grupo de hermanos que siempre pensaron en su país y que la filantropía silenciosa que practican es timbre de orgullo para éste país que los acogió y que hoy se siente orgulloso de llamar compatriotas a toda su descendencia.
El trabajo que has hecho y que sigues haciendo es por Panamá, por nuestras familias y para darle voz a quienes no pueden o no se atreven, no puede ser amilanado por quienes no están de acuerdo contigo.
Mira hacia adelante, con la frente en alto y con el Todopoderoso como guía. No hay forma de equivocarse... Un abrazo!

Nota original escrita por Alfredo:


Queridos amigos,
Nunca me han atacado e insultado tanto. En estos últimos 45 días he recibido todo tipo 
de ataques verbales e insultos con improperios y palabras soeces en las cuales hasta 
han denigrando la virtud de mi difunta madre, casi todos han sido mensajes de 
personas a quiénes no conozco, muchos seudónimos y que seguro ninguno me conoce 
ni sabe quién soy, la mayoría haciendo alusión a mi apellido y a mis familiares. Todos 
estos mensajes son por Twitter y en la página de Facebook del Movimiento 
Independiente, en el cual yo actúo como coordinador.
Por otro lado, he tenido la oportunidad de leer comentarios sarcásticos de algunas 
personas a quienes admiro y aprecio; me da mucha lástima y me llena de dolor que 
actúen así en lugar de ser objetivos. Les digo a ellos que sinceramente pienso que 
criticar sarcásticamente con indirectas y sin participar es una actitud infantil e 
irresponsable.
También he recibido muchísimas críticas constructivas y las acepto con mucho cariño 
porque sé que son muy bien intencionadas.
Perdono a todos los que me han atacado, insultado y hecho comentarios de burla 
sarcástica.
Les digo a ellos
Que es mejor morir en el intento que nunca haber participado.
Que es mejor sufrir una decepción y desilusión que quedarnos tras bastidores viendo 
los toros desde la barrera mientras poderosos intereses apuestan a adueñarse del país 
por dos décadas más.
Que es mejor perder que nunca poder decirle a nuestros hijos que luchamos para que 
ellos tengan un mejor futuro y para que vivan en un país libre y democrático, con justicia, 
certeza de castigo, fuertes e independientes instituciones, respeto a los derechos 
humanos, sanidad básica, agua potable y servicios, educación y cultura para todos; en 
fin, para que ellos vivan en un estado de derecho.
Es triste observar como para algunos, quiénes aparentemente se sienten ser ellos el 
centro del universo, no existe el sentimiento de solidaridad humana. Para ellos, uno es 
todo. Para mi, Todos somos uno.
Queridos amigos,
Nuevamente les agradezco su amistad, paciencia y tolerancia a mis mensajes de 
desahogo.
Todos somos uno.

viernes, 18 de abril de 2014

Se repetirá la historia?

Los invito a leer este artículo escrito por mi amigo Roberto Alfaro que aparece publicado en el diario La Prensa.

18/04/2014 - No quiero hacerles perder su tiempo escribiéndoles sobre las ya gastadas ofertas politiqueras y, además, porque decidí dejar de ver los canales locales para mantener la cordura. Me quiero referir, otra vez, a una realidad que vivimos en nuestro país y que será el inicio de una era de decrecimiento económico y explosión social.

En Estados Unidos y Europa, en la década de 1990 se vivió un auge económico proporcionalmente similar al nuestro. Las empresas invertían a manos llenas, los bancos ofrecían créditos al 100% para propiedades sobrevaloradas, las obras públicas se otorgaban de forma indiscriminada, el empleo crecía al igual que los salarios, el consumo de bienes suntuosos era parte del estatus, y los gobiernos, tanto locales como centrales, se endeudaron más allá de sus capacidades.

Llegué a residir a Italia en 2000, y a Estados Unidos, en 2003. En ambos países viví un par de años, durante los períodos finales de la bonanza que, por efectos de la inflación y la especulación, golpeó mi presupuesto de diplomático. Como muestra les doy un botón, cuando llegué a Roma el alquiler del apartamento costaba 4 mil 500 euros ($5 mil 500 al cambio actual) y cuando salimos se incrementó a 6 mil euros ($8 mil), una bicoca de 30% de aumento. Los economistas juiciosos advertían a los políticos y a los ciudadanos del descontrol del gasto, el aumento de subsidios y los efectos del endeudamiento. Otra cosa que golpeaba muy fuerte las finanzas públicas en los países europeos era la inversión de la pirámide poblacional, o sea que cada año nacían menos niños y los viejos vivían más. El efecto de esta ecuación es catastrófico, menos ciudadanos pagan cuotas e impuestos y más reciben retiros y subsidios, no existe a corto o mediano plazo fórmula financiera que pueda resolver esto.

¿Otro botón, como muestra? En Estados Unidos una de las ciudades más prósperas era Detroit, cuna de la industria automotriz y por muchas décadas una ciudad modelo. Lo que sucedió allí fue patético, hubo una secuencia de alcaldes corruptos como Coleman Young, que se dedicaron a hacer campañas, ofreciendo viviendas gratuitas, estampillas de alimentos y subsidios por cada dependiente. Regalar dinero y comida por no trabajar, eran sus propuestas electorales. El resultado fue que los comercios comenzaron a cerrar, la industria automotriz se mudó a otros estados, y las personas trabajadoras emigraron. Para 2009, Detroit cayó de 1.8 millón de habitantes a 900 mil, de ese 50% el 29% estaba desempleado. Era triste ver cómo la cuarta ciudad de Estados Unidos cayó a la undécima posición.

Volvamos al plano local, en Panamá vivimos una década de gran crecimiento económico, en donde los efectos de una inflación, nunca antes vista, parecieran hacer mella solo en los bolsillos de los asalariados. Los bancos compiten en otorgar créditos para limpiar deudas, viajar y comprar bienes suntuosos; los inversionistas saturan las ofertas inmobiliarias y turísticas; el Gobierno aumenta los salarios, infla su planilla y asigna obras sin pensar en el costo beneficio económico y ambiental. La deuda pública, si incluimos los “llave en mano”, terminará en estos últimos cinco años, igual a la deuda acumulada en los primeros 100 años de República. Los subsidios ya golpean al fisco con cerca de mil millones por año y, por las ofertas electorales, auguro otro tanto en el próximo período.

A ninguno de los candidatos le he escuchado hablar de ordenar las finanzas y de preparar al país para un eventual decrecimiento económico. Para colmar mi preocupación, por primera vez escuché y vi, la semana pasada en el foro de la Cade, a un economista presentar una filmina que mostraba el inicio de la inversión de la pirámide poblacional de Panamá. En 30 años su proyección es que tendremos igual pensionados que nacimientos, y no habrá Caja de Seguro Social que pueda pagar tu jubilación. No observo mucha preocupación ni de los políticos ni de los ciudadanos ante la posibilidad de una depresión, después de todo, somos la envidia de la región y en nuestro país no se repetirán esas tontas historias

http://www.prensa.com/impreso/opinion/se-repetira-historia-roberto-alfaro-estripeaut/310834
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lunes, 7 de abril de 2014

El limbo del venezolano en Panamá

Recomiendo la lectura de éste artículo de Danni Truzman, periodista venezolana residente en Panamá, quien reside y labora en Panamá.


El limbo del venezolano en Panamá
Publicado en 
Venezuela y Panamá
Aviso: En las siguientes líneas no me refiero ni una sola vez a lo que significa estar en un país en el que se han roto las relaciones consulares y del que no sabemos a dónde ir si tenemos alguna emergencia o nos toca renovar el pasaporte. Este texto es sobre algo un poco más intangible.

El otro día me dijeron que era sabroso protestar desde Panamá cuando no se tiene miedo que llegue la guardia y te caiga a bombas. Me sorprendí, pero entendí que el comentario venía desde la frustración y del dolor de estos meses de abusos de autoridad y de la ausencia de la calidad de vida que hay actualmente en mi país. Días después escuché que los extranjeros no debíamos opinar sobre las elecciones que ocurrirán en menos de un mes en Panamá. Y me sorprendí de nuevo, pero otra vez traté de entender que nosotros no votamos aquí y que podía caer mal tratar de hablar con alguna autoridad en el calor de una discusión política sobre unas elecciones que no son nuestras.
Y entonces comprendí el limbo en el que vivimos. Pareciera que no podemos opinar sobre el lugar en el que nacimos y tampoco sobre el lugar en el que estamos.
Según algunos de los que viven allá, No sabemos lo que pasa en Venezuela porque tenemos X años afuera. Y para más de un panameño no entendemos la política en Panamá porque sólo tenemos X años viviendo aquí. Y, aparte de confundido, ¿cómo queda uno?
Venezuela es nuestro país. Tenemos una cédula de identidad que nos da el derecho de opinar, de sentir, de vivir y sufrir la situación de nuestro país como mejor nos parezca. Irse no significa perder la nacionalidad, los afectos o los recuerdos. No se quiere más o menos un país por quedarse o partir. Así como hay quien se queda porque apuesta por vivir en su tierra, está quien se va con el corazón roto y con un despecho enorme por Venezuela. Y también existe el que se queda porque no se puede ir y no le queda otro remedio. El amor no lo determina un sello en el pasaporte.
En cuanto a Panamá el asunto es igual de complejo. No nací ni crecí aquí. Llegué hace tiempo pero no el suficiente como para dejar de sentirme extranjera. Pero poco a poco, a fuerza de la belleza de esta tierra y de su gente he aprendido a quererlo, como se quiere al segundo amor. Con madurez, con la experiencia de haber querido inocentemente al primero y haber salido con las tablas en la cabeza. Lo quiero porque reconozco lo me ofrece, por sus virtudes y defectos. Por eso me he dedicado a conocerlo, estudiarlo y tratar de entenderlo. He repasado su historia, he leído su literatura. Si tanto lo quiero y lo respeto ¿qué daño puede hacerle mi opinión?
¿Estamos obligados a ser invisibles para nuestra tierra y para la que nos ha adoptado? ¿Habernos ido nos condena al silencio? Lo siento mucho, pero no. ¿Usted quiere a Venezuela? Defiéndala. ¿Usted quiere a Panamá? Defiéndala también. A ambas, con las uñas si es necesario. No se deje borrar. No sea venezolano sólo cuando haga falta su voto para las elecciones, ni sea residente en Panamá solo cuando le toque pagar impuestos. Seamos ciudadanos de los países que amamos todos los días y a toda hora.
Eso sí, opine con responsabilidad sobre lo que pasa en su país porque es lo correcto. Porque mandar a la gente a matarse mientras se vive afuera y no se ha olido un poquito de gas o no se ha despertado atemorizado por alguna detonación es una irresponsabilidad muy grande. Y hable con humildad sobre Panamá porque es un país que nos ha abierto los brazos y ha alzado su voz por nosotros. Porque creerse mejor que alguien no lo hace más capaz, lo convierte en un perfecto imbécil.

miércoles, 26 de marzo de 2014

La mala costumbre

Este artículo,  lo encontré en Facebook y me llamó tanto la atención que quise compartirlo
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Fotografía: Ibai Acevedo.
La mayoría de nosotros vive pensando que esto será eterno. Que somos inmortales y que las desgracias solo le pasan al de al lado. Vivimos inmersos en una ignorancia que nos hace débiles y solo lamentamos lo ocurrido cuando ya es demasiado tarde.
Y es que…
Tenemos la mala costumbre de dejar para luego, de reír poco y de querer hacerlo mañana. Tenemos la mala costumbre de echar de menos, en lugar de hacerlo de más. La mala costumbre de usar los luegos y no los ahoras. Luego te llamo, luego te escribo, luego te contesto, luego nos vemos. Y obviamente nunca llamó, nunca escribió, nunca contestó y nunca fue visto. Tenemos la mala costumbre de querer tarde. De valorar tarde. De pedir perdón demasiado pronto. Debería haber un número máximo de perdones. Perdonar nos hace grandes, de acuerdo, pero cuando tienes que perdonar todos los días, al final un lo siento se convierte en el comodín de cualquier pretexto injustificado, innecesario e inmerecido. Tenemos la mala costumbre de defender al malo y descuidar al bueno. De contar mentiras tra la rá y de tener que hacer un máster para descubrir verdades. Mantenemos en nuestra vida “amigos” porque sí y llenamos nuestras agendas de compromisos a los que realmente no queremos ir. Tenemos la mala costumbre de sentirnos mal por decir no y de creernos mejores por decir si.
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Tenemos la mala costumbre de esperar a un cáncer, a una mala noticia o a una llamada de que alguien querido se nos fue, para tomar las riendas de nuestra vida y empezar a apreciar cada puesta de sol, cada mañana que te levantas de la cama y cada luna que abrazas en tu almohada. Tenemos la mala costumbre de usar el descuido a diario, olvidando que los pequeños detalles importan, que los pequeños detalles construyen grandes caminos y que cada lunes, puede ser el mejor día de la semana. Tenemos la mala costumbre de quejarnos por todo, de culpar siempre al otro porque claro, tú eres un ser perfecto y nunca, nunca, haces nada. Siempre es la parte contraria. Decimos muy pocos te quieros y hacerlo por primera vez es como “buf que va, no vaya a ser que se asuste”. ¿Asustarse de qué? ¿Cómo una persona puede asustarse porque alguien le quiera?.
Asústate si algún día te vas a la cama sin sentir que quieres a otra persona.
Asústate el día que te vayas a dormir sin decirle a esa persona lo importante que es para ti.
Asústate cuando no le des besos a tu madre y a tu padre.
Asústate cuando seas incapaz de abrazar a alguien y sentir esa sensación tan extraordinaria que producen los abrazos.
Asústate cuando las defensas de tu cuerpo se hayan vuelto inmunes al dolor ajeno.
Y cuando veas una injusticia y no hagas absolutamente nada para remediarlo.
Asústate cuando pases un solo día sin ayudar a alguien.
Asústate de verdad, porque créeme. Estás muerto.

Y es que…
Tenemos la mala costumbre de trabajar demasiado, de cargar con una mochila llena de cosas innecesarias y de comer más de lo que nuestro cuerpo necesita. Tenemos la mala costumbre de creernos mejores que los demás, de bailar poco, fumar mucho y respirar a medias. Tenemos la mala costumbre de ir caminando por las calles de nuestra ciudad mirando al suelo, o a nuestro teléfono móvil. ¿Alguna vez te has dado cuenta de lo bonitos que son los edificios de esas calles por las que pasas a diario? Por no hablar de la luz de las estrellas.
5863482_fTuP1igt_c_largeTenemos la mala costumbre de empezar el gimnasio la semana que viene. De cuidarnos cuando ya es demasiado tarde y de tomar vitaminas cuando estamos enfermos. Tenemos la mala costumbre de creer que el pelo de aquella es mejor que el nuestro. Que su suerte es nuestra desdicha y de compararnos como si fuésemos presa de alguien que busca en comparadores de Internet. Tenemos la mala costumbre de medirnos por nuestros estudios o por nuestra altura. De confundir la belleza con la delgadez y de creernos que no somos capaces de conseguirlo, porque alguien una vez así, nos lo hizo creer. Y no fue nadie más que tú mismo.
Tenemos la mala costumbre de apuntarnos a clases de idiomas, cuando ni siquiera dominamos el nuestro. De querer conocer mundo y viajar lo más lejos posible cuando aún, nos quedan lugares maravillosos por descubrir en nuestra propia tierra. Tenemos la mala costumbre de comer animales, de contaminar el mundo y de lavar la ropa en vez de nuestras conciencias. Tenemos la mala costumbre de escuchar poco y hablar demasiado. De dar consejos y juicios de valor sin ser conscientes del poder que pueden llegar a tener nuestras palabras. Dejamos demasiado pronto y tenemos muy poca paciencia. Objetos de usar y tirar, sin importarnos lo más mínimo su destino. Tenemos la mala costumbre de creernos que lo sabemos todo. Cuando realmente, no tenemos idea de nada.

Wasapeamos mucho,
dormimos demasiado
y follamos poco.

Nos pasamos media vida o vida entera, soñando esa vida perfecta que nos gustaría tener. Cuando somos ajenos a que realmente la vida perfecta es ahora. Es cada momento, cada instante de los segundos que marca el reloj de tus días. Es cada oportunidad, cada sonrisa, cada beso y cada vez que te enamoras. ¡ENAMORÉMONOS TODOS LOS DÍAS DE NUESTRA VIDA! No pongas barreras a tu corazón y deja los prejuicios para aquellos que llevan el cartel de cobarde escrito en tinta permanente. Ni con disolvente se va.

Empieza a acostumbrarte a esta vida que a veces es dura. Terriblemente dura. Pero no te lamentes ni te vayas nunca a la cama habiendo hecho daño alguien. Habiendo dejado para luego esos ahoras que nunca llegaron. No habiendo cumplido ese sueño que tanto querías, no habiendo hecho unos kilómetros de más ese día porque tu cuerpo estaba cansado. No permitas que alguien fallezca para luego recordarlo y decirle mirando su foto, cuánto le querías. No dejes que la rutina o la sensación de eternidad descuide lo verdaderamente importante de tu vida.
En definitiva, no dejes que la mala costumbre sea la invitada de honor en los días que te quedan por vivir a partir de hoy.
Quiere ahora, no mañana.

lunes, 10 de marzo de 2014

El paternalismo nos está acabando

La autora de éste artículo, Ana Victoria Díaz es una joven que está preocupada por nuestro país. Vale la pena leerla...

ANA VICTORIA DÍAZ
opinion@prensa.com
Hace unos días le escuché decir a una de las señoras que hace el blower en el salón de belleza: “¡Oye, estoy feliz, a mi hijo le van a dar una beca y ni buen promedio tiene, el Gobierno sí ayuda!”. Me quedé pensando todo el día en eso, trataba de buscarle sentido a lo que la señora dijo y, de tanto pensar, llegué a la conclusión de que el paternalismo nos está acabando.

Panamá es un país con mucho potencial, tanto en lo económico como en lo cultural. Estamos en vías de desarrollo, sin embargo, parece que no podemos salir de ese hoyo tercermundista en el que estamos metidos.

La pobreza va en aumento y no parece disminuir; la clase media pronto dejará de existir y, mientras en las propagandas de turismo se vende un Panamá lleno de trabajo, de oportunidades y sonrisas, la realidad para muchos es otra. En el Panamá de muchos hay muy pocas oportunidades, no hay trabajo ni comida y la mayoría de las veces ni agua. “La cosa ta dura”, parece ser la frase más popular entre la gente hoy en día.

¿Por qué no avanzamos? La respuesta es lógica y no se me ocurre mejor manera que explicarla que con la siguiente analogía: Cuando yo era chiquita mi mamá me preparaba los mejores emparedados para llevar en la lonchera. Así lo hizo por varios años, todos los días, hasta que en una ocasión me dijo: “No más, tú tienes que aprender”. Me dio todos los ingredientes y me enseñó exactamente el procedimiento para que me quedaran tan ricos como los de ella. Aprendí, pero me rehusaba a prepararlos. Era mucho más cómodo dormir 10 minutos más y que ella madrugara y me los hiciera. Pero un día mi mamá no se levantó, al día siguiente tampoco, y me tocó aprender, hacer ese pequeño esfuerzo y despertarme unos minutos antes para cocinar.
Ahora le doy gracias a mi madre porque aunque es algo insignificante, me enseñó a valerme y a ganarme las cosas por mí misma.

¿A dónde quiero llegar con esta pequeña anécdota? A que entiendan que el Gobierno es como una madre que nos tiene mal acostumbrados. Nos pone todo en bandeja de plata sin que tengamos que hacer el mínimo esfuerzo por ello. Nos ha llenado de subsidios y planes que en vez de ayudarnos a avanzar y a erradicar la pobreza, la han estimulado, entre otras razones, porque a los “beneficiarios” de estos subsidios y programas les resulta muchísimo más cómodo ganar sin trabajar ni producir, que tener que ir trabajar todos los días para poder ganar.

En vez de desarrollar las capacidades de las personas y animarlas a que sean productivas y eficientes, los gobiernos prefieren darles migajas que las convierten en seres dependientes. Con estas medidas le hacen un daño irreparable a la sociedad y afectan la productividad del país.

Los gobiernos se quejan de que sus presupuestos son insuficientes, pero nos cobran un sinfín de impuestos para mantener una burocracia parasitaria e improductiva.

No le des pescado al hombre, dale la caña y enséñalo a pescar. Los gobernantes tienen un mal concepto de lo que es verdaderamente ayudar. No se trata de regarle las compras en el súper a una familia todos los meses; no es entregarle una beca a un niño que no se la ganó ni es darle más tierras a los agricultores.

Ayudar es capacitarlos para que tengan todo el conocimiento y puedan sacarle mejor provecho a sus tierras; es capacitar a los profesores para que brinden una mejor educación, y entregar becas a los niños, si se las merecen.

Ayudar es dejar de darle todo gratis a las personas y empezar a crear conciencia de que si quieren algo, tienen que trabajar por ello. Si estuviesen capacitados, hasta el mismo pobre saldría de la pobreza.

Es triste escuchar decir a mucha gente que al panameño no le gusta trabajar, y más triste aún es saber que es cierto. Nos estamos creando una mala fama y no es culpa de los ciudadanos, sino de todos los gobiernos que nos malacostumbraron a recibir sin tener que derramar una gota de sudor.

Es hora de madurar y crecer, es hora de decir basta, es hora de ser útiles y merecernos las cosas porque hemos aprendido y trabajado arduo por ello.

“De nada sirve intentar ayudar a quienes no se ayudan a sí mismos”. “No corregir las propias fallas es cometer la peor de ellas”, estas dos sabias frases son del pensador chino Confucio; a pesar de haberlas dicho hace más de dos mil años, parece que aún no llegan a oídos del Gobierno panameño.

domingo, 9 de marzo de 2014

EL CASO VENEZOLANO

Los invito a leer este artículo de mi amigo el Dr. Calicho Abadía

Corrupción institucionalizada
Carlos David Abadía Abad
Hoy nuestra hermana República de Venezuela padece, probablemente, la peor crisis política, social y económica en su historia. No creo que exista un solo demócrata que esté de acuerdo con esto, aunque la Organización de Estados Americanos (OEA) y sus embajadores miren hacia otro lado, como hicieron con nosotros en 1989. Casualmente, el gobierno y el pueblo venezolano fueron aliados nuestros en la lucha contra la dictadura militar. Lo que quiero compartir con ustedes son las causas reales de la crisis que ellos sufren ahora.

En 1988, viajaba hacia Venezuela junto a un grupo de panameños para entrevistarnos con líderes políticos de ese país y divulgar la lucha civilista. En el avión conocí una ciudadana de aquel país quien me comentó que la corrupción era insoportable y que un partido tapaba al otro en esa mala práctica, que algún día explotaría. Desde entonces me quedó zumbando el oído por esa aseveración.

Tengo entendido que en los gobiernos anteriores al de Hugo Chávez la corrupción se institucionalizó, que a pesar de tener un recurso natural multimillonario, la pobreza se profundizó y se perdió la fe en los políticos, porque las obras públicas tenían sobrecostos absurdos y groseros. En ese escenario de total corrupción, el petróleo no era suficiente para cubrir los costos de funcionamiento del Estado y le aumentaron el impuesto al combustible. Eso hubiese sido razonable por el alto subsidio que el Estado aportaba, pero esos gobiernos carecían de moral de pedirle al pueblo que pagara más, cuando la corrupción era evidente.

El campo estaba servido, en bandeja de plata, para que un falso Mesías se ofreciera a salvar al país de aquella crisis. Y apareció, de cuerpo completo, Hugo Chávez, quien hábilmente manejó toda la frustración y rabia del pueblo. Primero los compró con el populismo, a la vez que corrompía a una gran parte de la clase política. En pocas palabras, “democratizó la corrupción”, luego se hizo una Constitución a su medida, para anular en “democracia” al resto de las instituciones, y legitimó su dictadura. Sin embargo, todo esto cuesta mucho dinero y, por más alto que esté el precio del petróleo, las ambiciones se hacen desmedidas... el resto es historia conocida por todos. Hoy la podredumbre que experimenta ese país emana por todos lados.

El pueblo venezolano sufre, de cierta manera, debido a su propia irresponsabilidad. Una gran parte, aceptó la corrupción por omisión, es decir, por mirar hacia la acera de enfrente, diciendo: “Eso a mí no me perjudica”, “todos los gobiernos roban” o “si este gobierno hace obras, qué importa que robe”. Otros fueron cómplices, porque sus empresas eran beneficiadas por los sobrecostos; algunos más lo fueron por ignorancia; por obtener beneficios momentáneos como ser “comprados”, ya sea a través de las “ayudas comunitarias” o por recibir un salario del Gobierno sin trabajar, las conocidas “botellas”.

Los gobernantes, al institucionalizar la corrupción por medio de diferentes disfraces, saben que necesitan destruir o manipular las instituciones democráticas. Por eso, conforman una Asamblea a su medida, sea comprando o extorsionando a los diputados, para tener mayoría. Paralelamente, construyen una Corte Suprema a su antojo. De esta manera su plan se concretiza. Luego corrompe a un sector del país, lo hace su esclavo y manipula las instituciones para tener el poder absoluto.

La mala noticia para ellos es que su reinado no es eterno, tiene su fin. Y entre más duradero, el estallido será peor. El pueblo venezolano experimenta la desazón de no saber cuándo terminará esta pesadilla. Lo cierto es que cuando despierte de este mal sueño, Venezuela no será el mismo país de antaño.

Por esto es que los ciudadanos debemos tener muy claro que mirar para otro lado, justificar los actos de corrupción y permitir el debilitamiento de las instituciones democráticas nos afectará, tarde o temprano, y que la clase media será la más afectada, porque le es difícil empezar una nueva vida en otros lares.

Meditemos, con la seriedad del caso, la crisis venezolana. No existe una vacuna para evitar que este mal nos contagie. Solo mediante la participación y la actitud de responsabilidad que cada ciudadano debe tener, podemos cerrarle el paso a la corrupción. Aceptar el debilitamiento de las instituciones democráticas nos hace más dependientes y pobres, y serán nuestros hijos lo más perjudicados. ¡De institucionalidad y democracia sí se come! Además nos proveen dignidad, respeto y honorabilidad.

martes, 4 de marzo de 2014

¿Qué nos pasó?

Hoy se celebra el Martes de Carnaval en muchos países. En Brasil, reconocido como el mejor carnaval del mundo, el lujo y la fantasía es el denominador común en los millones de personas que disfrutan de esta fiesta popular en el país mas grande de Sur América.

Mientras tanto, sus vecinos del norte, siguen en las calles luchando por restaurar una verdadera democracia participativa, donde puedan ir a los super mercados a comprar comida, donde puedan caminar por las calles sin que les roben sus celulares, donde los canales de TV no sean clausurados y donde a fin de cuentas, la gente pueda pensar y decir lo que mejor les plazca, sin el temor a ser encarcelados o a ser violados, por quienes están llamados a reservar el orden y la constitución.

La organización internacional que debe velar por que se cumplan los preceptos regionales en el continente, ha estado muy ocupada y alegando errores de procedimiento, ni siquiera se ha sentado a ver el tema y mientras tanto ya hay decenas de muertos y heridos en esa hermana nación.

Un poco mas lejos, una de las grandes potencias del mundo, ha desplegado tropas e izado su propia bandera, en un territorio autónomo que le pertenece a sus vecinos y otrora aliado. La comunidad internacional, entre ellas varias otras grandes potencias del mundo, alzó su voz y los amenazó con "sanciones comerciales y diplomáticas". Me imagino que las mismas sanciones que derrocaron a Noriega y a tantos otros dictadores en el mundo.

Por su parte la mas grande organización internacional que agrupa a todas las naciones del mundo, una vez mas demuestra que al ser manipulada por los "5 grandes" dueños y señores de la verdad, tiene las manos atadas y es poco lo que diplomáticamente puede hacer.

El líder de los invasores, inteligentemente ha declarado que los países que lo critican son unos hipócritas, pues ellos han hecho lo mismo en otros países y que por lo menos el tiene una carta del presidente constitucional del país invadido en que le pide que se reestablezca la seguridad en la región en disputa. Infortunadamente no deja de tener razón en la primera parte y nuevamente habría que agradecer a ese ex presidente que quebró los balances en el mundo y nos tiene pagando precios exhorbitantes por la gasolina y tantas otras cosas. Lo mas triste es que su nación lo había reelegido!!!!

Mientras tanto en otros países de Asia y de África, las luchas por la misma autodeterminación de los pueblos siguen, quizás con mayor intensidad, pero para los latinoamericanos no es de tanta importancia, pues no nos toca a nosotros, o al menos eso creemos...

Mientras tanto en nuestro patio, el desenfreno, despilfarro, la irresponsabilidad y la falta de respeto pareciera prevalecer sobre el sentido común y los valores. Pareciera que para nosotros no hay crisis, canasta básica cara, problemas de transporte y que todos los problemas del mundo nunca nos afectarán. Somos, como los chiquillos chiquitos: Invencibles e inmortales!

Basta ver el orden de los carnavales en Barranquilla o en Rio de Janeiro, para lanzar la pregunta ¿Qué nos pasó? ¿En qué momento nos cambiaron tanto y tan radicalmente?

Entre mañana y el miércoles cuando haya que regresar al trabajo y/o escuelas, no haya para almorzar el fin de semana o para el transporte de los estudiantes y haya que nuevamente recurrir a las casas de empeño, financieras y demás, empezarán las lamentaciones.

Ojalá al regresar a sus lugares de residencia y trabajo, los jóvenes y adultos retomemos una nueva ruta donde promovamos y practiquemos los valores que deberían ser el norte en todo lo que hacemos. Todos tenemos una responsabilidad para con la tierra que o nos vió nacer o nos acogió para que nuestros hijos crezcan en ella. Todos tenemos que unirnos para que podamos tener un mejor Panamá, practicando la democracia que tanto nos costó y la cual hoy no valoramos como deberíamos.

¿Por qué no iniciar respetándonos tanto a nosotros mismos como a nuestros vecinos, promoviendo la honestidad y siendo tolerantes con lo que piensa nuestro prójimo?

UN PAPA PARA TODOS

  La desaparición física del Papa Francisco logró que, los cerca de 1,600 millones de católicos en el mundo nos olvidáramos, aunque sea temp...