lunes, 28 de abril de 2014

Hoy, lunes 28 de abril, respondí a una nota que escribió mi amigo Alfredo Motta en su perfil de Facebook y por considerarlo del interés general, lo reproduzco en mi blog también.
Como de costumbre sus comentarios y opiniones respetuosas, son siempre bienvenidas.



Alfredo: 
A pesar que no nos conocemos hace mucho tiempo, se dice que uno conoce a los padres de las personas por la clase de hijos que educaron. De ser así, tuviste una gran madre, la cual se sentiría muy orgullosa del hijo que crió. No tienes de qué preocuparte.
La amistad no debería mezclarse con la política. Los valores y las buenas costumbres no tienen precio. Nuestro norte siempre deberá ser el amor y el deseo de mejorar ésa tierra que nos vio nacer y el estamos legando a nuestros hijos. Ellos tienen que ver que hay gente buena que les sirvan de ejemplo, pues solo así no muere la esperanza de honestidad, trabajo, respeto y valor de la palabra que hemos promovido muchos por varios años.
No desfallezcas, siempre habrá gente buena que te admiramos al igual que el trabajo que haces.
Debes sentir el pecho henchido del apellido que llevas, pues hay quienes sí conocemos la historia de ese grupo de hermanos que siempre pensaron en su país y que la filantropía silenciosa que practican es timbre de orgullo para éste país que los acogió y que hoy se siente orgulloso de llamar compatriotas a toda su descendencia.
El trabajo que has hecho y que sigues haciendo es por Panamá, por nuestras familias y para darle voz a quienes no pueden o no se atreven, no puede ser amilanado por quienes no están de acuerdo contigo.
Mira hacia adelante, con la frente en alto y con el Todopoderoso como guía. No hay forma de equivocarse... Un abrazo!

Nota original escrita por Alfredo:


Queridos amigos,
Nunca me han atacado e insultado tanto. En estos últimos 45 días he recibido todo tipo 
de ataques verbales e insultos con improperios y palabras soeces en las cuales hasta 
han denigrando la virtud de mi difunta madre, casi todos han sido mensajes de 
personas a quiénes no conozco, muchos seudónimos y que seguro ninguno me conoce 
ni sabe quién soy, la mayoría haciendo alusión a mi apellido y a mis familiares. Todos 
estos mensajes son por Twitter y en la página de Facebook del Movimiento 
Independiente, en el cual yo actúo como coordinador.
Por otro lado, he tenido la oportunidad de leer comentarios sarcásticos de algunas 
personas a quienes admiro y aprecio; me da mucha lástima y me llena de dolor que 
actúen así en lugar de ser objetivos. Les digo a ellos que sinceramente pienso que 
criticar sarcásticamente con indirectas y sin participar es una actitud infantil e 
irresponsable.
También he recibido muchísimas críticas constructivas y las acepto con mucho cariño 
porque sé que son muy bien intencionadas.
Perdono a todos los que me han atacado, insultado y hecho comentarios de burla 
sarcástica.
Les digo a ellos
Que es mejor morir en el intento que nunca haber participado.
Que es mejor sufrir una decepción y desilusión que quedarnos tras bastidores viendo 
los toros desde la barrera mientras poderosos intereses apuestan a adueñarse del país 
por dos décadas más.
Que es mejor perder que nunca poder decirle a nuestros hijos que luchamos para que 
ellos tengan un mejor futuro y para que vivan en un país libre y democrático, con justicia, 
certeza de castigo, fuertes e independientes instituciones, respeto a los derechos 
humanos, sanidad básica, agua potable y servicios, educación y cultura para todos; en 
fin, para que ellos vivan en un estado de derecho.
Es triste observar como para algunos, quiénes aparentemente se sienten ser ellos el 
centro del universo, no existe el sentimiento de solidaridad humana. Para ellos, uno es 
todo. Para mi, Todos somos uno.
Queridos amigos,
Nuevamente les agradezco su amistad, paciencia y tolerancia a mis mensajes de 
desahogo.
Todos somos uno.

viernes, 18 de abril de 2014

Se repetirá la historia?

Los invito a leer este artículo escrito por mi amigo Roberto Alfaro que aparece publicado en el diario La Prensa.

18/04/2014 - No quiero hacerles perder su tiempo escribiéndoles sobre las ya gastadas ofertas politiqueras y, además, porque decidí dejar de ver los canales locales para mantener la cordura. Me quiero referir, otra vez, a una realidad que vivimos en nuestro país y que será el inicio de una era de decrecimiento económico y explosión social.

En Estados Unidos y Europa, en la década de 1990 se vivió un auge económico proporcionalmente similar al nuestro. Las empresas invertían a manos llenas, los bancos ofrecían créditos al 100% para propiedades sobrevaloradas, las obras públicas se otorgaban de forma indiscriminada, el empleo crecía al igual que los salarios, el consumo de bienes suntuosos era parte del estatus, y los gobiernos, tanto locales como centrales, se endeudaron más allá de sus capacidades.

Llegué a residir a Italia en 2000, y a Estados Unidos, en 2003. En ambos países viví un par de años, durante los períodos finales de la bonanza que, por efectos de la inflación y la especulación, golpeó mi presupuesto de diplomático. Como muestra les doy un botón, cuando llegué a Roma el alquiler del apartamento costaba 4 mil 500 euros ($5 mil 500 al cambio actual) y cuando salimos se incrementó a 6 mil euros ($8 mil), una bicoca de 30% de aumento. Los economistas juiciosos advertían a los políticos y a los ciudadanos del descontrol del gasto, el aumento de subsidios y los efectos del endeudamiento. Otra cosa que golpeaba muy fuerte las finanzas públicas en los países europeos era la inversión de la pirámide poblacional, o sea que cada año nacían menos niños y los viejos vivían más. El efecto de esta ecuación es catastrófico, menos ciudadanos pagan cuotas e impuestos y más reciben retiros y subsidios, no existe a corto o mediano plazo fórmula financiera que pueda resolver esto.

¿Otro botón, como muestra? En Estados Unidos una de las ciudades más prósperas era Detroit, cuna de la industria automotriz y por muchas décadas una ciudad modelo. Lo que sucedió allí fue patético, hubo una secuencia de alcaldes corruptos como Coleman Young, que se dedicaron a hacer campañas, ofreciendo viviendas gratuitas, estampillas de alimentos y subsidios por cada dependiente. Regalar dinero y comida por no trabajar, eran sus propuestas electorales. El resultado fue que los comercios comenzaron a cerrar, la industria automotriz se mudó a otros estados, y las personas trabajadoras emigraron. Para 2009, Detroit cayó de 1.8 millón de habitantes a 900 mil, de ese 50% el 29% estaba desempleado. Era triste ver cómo la cuarta ciudad de Estados Unidos cayó a la undécima posición.

Volvamos al plano local, en Panamá vivimos una década de gran crecimiento económico, en donde los efectos de una inflación, nunca antes vista, parecieran hacer mella solo en los bolsillos de los asalariados. Los bancos compiten en otorgar créditos para limpiar deudas, viajar y comprar bienes suntuosos; los inversionistas saturan las ofertas inmobiliarias y turísticas; el Gobierno aumenta los salarios, infla su planilla y asigna obras sin pensar en el costo beneficio económico y ambiental. La deuda pública, si incluimos los “llave en mano”, terminará en estos últimos cinco años, igual a la deuda acumulada en los primeros 100 años de República. Los subsidios ya golpean al fisco con cerca de mil millones por año y, por las ofertas electorales, auguro otro tanto en el próximo período.

A ninguno de los candidatos le he escuchado hablar de ordenar las finanzas y de preparar al país para un eventual decrecimiento económico. Para colmar mi preocupación, por primera vez escuché y vi, la semana pasada en el foro de la Cade, a un economista presentar una filmina que mostraba el inicio de la inversión de la pirámide poblacional de Panamá. En 30 años su proyección es que tendremos igual pensionados que nacimientos, y no habrá Caja de Seguro Social que pueda pagar tu jubilación. No observo mucha preocupación ni de los políticos ni de los ciudadanos ante la posibilidad de una depresión, después de todo, somos la envidia de la región y en nuestro país no se repetirán esas tontas historias

http://www.prensa.com/impreso/opinion/se-repetira-historia-roberto-alfaro-estripeaut/310834
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lunes, 7 de abril de 2014

El limbo del venezolano en Panamá

Recomiendo la lectura de éste artículo de Danni Truzman, periodista venezolana residente en Panamá, quien reside y labora en Panamá.


El limbo del venezolano en Panamá
Publicado en 
Venezuela y Panamá
Aviso: En las siguientes líneas no me refiero ni una sola vez a lo que significa estar en un país en el que se han roto las relaciones consulares y del que no sabemos a dónde ir si tenemos alguna emergencia o nos toca renovar el pasaporte. Este texto es sobre algo un poco más intangible.

El otro día me dijeron que era sabroso protestar desde Panamá cuando no se tiene miedo que llegue la guardia y te caiga a bombas. Me sorprendí, pero entendí que el comentario venía desde la frustración y del dolor de estos meses de abusos de autoridad y de la ausencia de la calidad de vida que hay actualmente en mi país. Días después escuché que los extranjeros no debíamos opinar sobre las elecciones que ocurrirán en menos de un mes en Panamá. Y me sorprendí de nuevo, pero otra vez traté de entender que nosotros no votamos aquí y que podía caer mal tratar de hablar con alguna autoridad en el calor de una discusión política sobre unas elecciones que no son nuestras.
Y entonces comprendí el limbo en el que vivimos. Pareciera que no podemos opinar sobre el lugar en el que nacimos y tampoco sobre el lugar en el que estamos.
Según algunos de los que viven allá, No sabemos lo que pasa en Venezuela porque tenemos X años afuera. Y para más de un panameño no entendemos la política en Panamá porque sólo tenemos X años viviendo aquí. Y, aparte de confundido, ¿cómo queda uno?
Venezuela es nuestro país. Tenemos una cédula de identidad que nos da el derecho de opinar, de sentir, de vivir y sufrir la situación de nuestro país como mejor nos parezca. Irse no significa perder la nacionalidad, los afectos o los recuerdos. No se quiere más o menos un país por quedarse o partir. Así como hay quien se queda porque apuesta por vivir en su tierra, está quien se va con el corazón roto y con un despecho enorme por Venezuela. Y también existe el que se queda porque no se puede ir y no le queda otro remedio. El amor no lo determina un sello en el pasaporte.
En cuanto a Panamá el asunto es igual de complejo. No nací ni crecí aquí. Llegué hace tiempo pero no el suficiente como para dejar de sentirme extranjera. Pero poco a poco, a fuerza de la belleza de esta tierra y de su gente he aprendido a quererlo, como se quiere al segundo amor. Con madurez, con la experiencia de haber querido inocentemente al primero y haber salido con las tablas en la cabeza. Lo quiero porque reconozco lo me ofrece, por sus virtudes y defectos. Por eso me he dedicado a conocerlo, estudiarlo y tratar de entenderlo. He repasado su historia, he leído su literatura. Si tanto lo quiero y lo respeto ¿qué daño puede hacerle mi opinión?
¿Estamos obligados a ser invisibles para nuestra tierra y para la que nos ha adoptado? ¿Habernos ido nos condena al silencio? Lo siento mucho, pero no. ¿Usted quiere a Venezuela? Defiéndala. ¿Usted quiere a Panamá? Defiéndala también. A ambas, con las uñas si es necesario. No se deje borrar. No sea venezolano sólo cuando haga falta su voto para las elecciones, ni sea residente en Panamá solo cuando le toque pagar impuestos. Seamos ciudadanos de los países que amamos todos los días y a toda hora.
Eso sí, opine con responsabilidad sobre lo que pasa en su país porque es lo correcto. Porque mandar a la gente a matarse mientras se vive afuera y no se ha olido un poquito de gas o no se ha despertado atemorizado por alguna detonación es una irresponsabilidad muy grande. Y hable con humildad sobre Panamá porque es un país que nos ha abierto los brazos y ha alzado su voz por nosotros. Porque creerse mejor que alguien no lo hace más capaz, lo convierte en un perfecto imbécil.

Y tú, ¿de donde eres?

Corría el año 1989, cientos de panameños habíamos emigrado, algunos por razones políticas, otros por razones económicas y otros escapand...