miércoles, 26 de marzo de 2014

La mala costumbre

Este artículo,  lo encontré en Facebook y me llamó tanto la atención que quise compartirlo
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Fotografía: Ibai Acevedo.
La mayoría de nosotros vive pensando que esto será eterno. Que somos inmortales y que las desgracias solo le pasan al de al lado. Vivimos inmersos en una ignorancia que nos hace débiles y solo lamentamos lo ocurrido cuando ya es demasiado tarde.
Y es que…
Tenemos la mala costumbre de dejar para luego, de reír poco y de querer hacerlo mañana. Tenemos la mala costumbre de echar de menos, en lugar de hacerlo de más. La mala costumbre de usar los luegos y no los ahoras. Luego te llamo, luego te escribo, luego te contesto, luego nos vemos. Y obviamente nunca llamó, nunca escribió, nunca contestó y nunca fue visto. Tenemos la mala costumbre de querer tarde. De valorar tarde. De pedir perdón demasiado pronto. Debería haber un número máximo de perdones. Perdonar nos hace grandes, de acuerdo, pero cuando tienes que perdonar todos los días, al final un lo siento se convierte en el comodín de cualquier pretexto injustificado, innecesario e inmerecido. Tenemos la mala costumbre de defender al malo y descuidar al bueno. De contar mentiras tra la rá y de tener que hacer un máster para descubrir verdades. Mantenemos en nuestra vida “amigos” porque sí y llenamos nuestras agendas de compromisos a los que realmente no queremos ir. Tenemos la mala costumbre de sentirnos mal por decir no y de creernos mejores por decir si.
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Tenemos la mala costumbre de esperar a un cáncer, a una mala noticia o a una llamada de que alguien querido se nos fue, para tomar las riendas de nuestra vida y empezar a apreciar cada puesta de sol, cada mañana que te levantas de la cama y cada luna que abrazas en tu almohada. Tenemos la mala costumbre de usar el descuido a diario, olvidando que los pequeños detalles importan, que los pequeños detalles construyen grandes caminos y que cada lunes, puede ser el mejor día de la semana. Tenemos la mala costumbre de quejarnos por todo, de culpar siempre al otro porque claro, tú eres un ser perfecto y nunca, nunca, haces nada. Siempre es la parte contraria. Decimos muy pocos te quieros y hacerlo por primera vez es como “buf que va, no vaya a ser que se asuste”. ¿Asustarse de qué? ¿Cómo una persona puede asustarse porque alguien le quiera?.
Asústate si algún día te vas a la cama sin sentir que quieres a otra persona.
Asústate el día que te vayas a dormir sin decirle a esa persona lo importante que es para ti.
Asústate cuando no le des besos a tu madre y a tu padre.
Asústate cuando seas incapaz de abrazar a alguien y sentir esa sensación tan extraordinaria que producen los abrazos.
Asústate cuando las defensas de tu cuerpo se hayan vuelto inmunes al dolor ajeno.
Y cuando veas una injusticia y no hagas absolutamente nada para remediarlo.
Asústate cuando pases un solo día sin ayudar a alguien.
Asústate de verdad, porque créeme. Estás muerto.

Y es que…
Tenemos la mala costumbre de trabajar demasiado, de cargar con una mochila llena de cosas innecesarias y de comer más de lo que nuestro cuerpo necesita. Tenemos la mala costumbre de creernos mejores que los demás, de bailar poco, fumar mucho y respirar a medias. Tenemos la mala costumbre de ir caminando por las calles de nuestra ciudad mirando al suelo, o a nuestro teléfono móvil. ¿Alguna vez te has dado cuenta de lo bonitos que son los edificios de esas calles por las que pasas a diario? Por no hablar de la luz de las estrellas.
5863482_fTuP1igt_c_largeTenemos la mala costumbre de empezar el gimnasio la semana que viene. De cuidarnos cuando ya es demasiado tarde y de tomar vitaminas cuando estamos enfermos. Tenemos la mala costumbre de creer que el pelo de aquella es mejor que el nuestro. Que su suerte es nuestra desdicha y de compararnos como si fuésemos presa de alguien que busca en comparadores de Internet. Tenemos la mala costumbre de medirnos por nuestros estudios o por nuestra altura. De confundir la belleza con la delgadez y de creernos que no somos capaces de conseguirlo, porque alguien una vez así, nos lo hizo creer. Y no fue nadie más que tú mismo.
Tenemos la mala costumbre de apuntarnos a clases de idiomas, cuando ni siquiera dominamos el nuestro. De querer conocer mundo y viajar lo más lejos posible cuando aún, nos quedan lugares maravillosos por descubrir en nuestra propia tierra. Tenemos la mala costumbre de comer animales, de contaminar el mundo y de lavar la ropa en vez de nuestras conciencias. Tenemos la mala costumbre de escuchar poco y hablar demasiado. De dar consejos y juicios de valor sin ser conscientes del poder que pueden llegar a tener nuestras palabras. Dejamos demasiado pronto y tenemos muy poca paciencia. Objetos de usar y tirar, sin importarnos lo más mínimo su destino. Tenemos la mala costumbre de creernos que lo sabemos todo. Cuando realmente, no tenemos idea de nada.

Wasapeamos mucho,
dormimos demasiado
y follamos poco.

Nos pasamos media vida o vida entera, soñando esa vida perfecta que nos gustaría tener. Cuando somos ajenos a que realmente la vida perfecta es ahora. Es cada momento, cada instante de los segundos que marca el reloj de tus días. Es cada oportunidad, cada sonrisa, cada beso y cada vez que te enamoras. ¡ENAMORÉMONOS TODOS LOS DÍAS DE NUESTRA VIDA! No pongas barreras a tu corazón y deja los prejuicios para aquellos que llevan el cartel de cobarde escrito en tinta permanente. Ni con disolvente se va.

Empieza a acostumbrarte a esta vida que a veces es dura. Terriblemente dura. Pero no te lamentes ni te vayas nunca a la cama habiendo hecho daño alguien. Habiendo dejado para luego esos ahoras que nunca llegaron. No habiendo cumplido ese sueño que tanto querías, no habiendo hecho unos kilómetros de más ese día porque tu cuerpo estaba cansado. No permitas que alguien fallezca para luego recordarlo y decirle mirando su foto, cuánto le querías. No dejes que la rutina o la sensación de eternidad descuide lo verdaderamente importante de tu vida.
En definitiva, no dejes que la mala costumbre sea la invitada de honor en los días que te quedan por vivir a partir de hoy.
Quiere ahora, no mañana.

lunes, 10 de marzo de 2014

El paternalismo nos está acabando

La autora de éste artículo, Ana Victoria Díaz es una joven que está preocupada por nuestro país. Vale la pena leerla...

ANA VICTORIA DÍAZ
opinion@prensa.com
Hace unos días le escuché decir a una de las señoras que hace el blower en el salón de belleza: “¡Oye, estoy feliz, a mi hijo le van a dar una beca y ni buen promedio tiene, el Gobierno sí ayuda!”. Me quedé pensando todo el día en eso, trataba de buscarle sentido a lo que la señora dijo y, de tanto pensar, llegué a la conclusión de que el paternalismo nos está acabando.

Panamá es un país con mucho potencial, tanto en lo económico como en lo cultural. Estamos en vías de desarrollo, sin embargo, parece que no podemos salir de ese hoyo tercermundista en el que estamos metidos.

La pobreza va en aumento y no parece disminuir; la clase media pronto dejará de existir y, mientras en las propagandas de turismo se vende un Panamá lleno de trabajo, de oportunidades y sonrisas, la realidad para muchos es otra. En el Panamá de muchos hay muy pocas oportunidades, no hay trabajo ni comida y la mayoría de las veces ni agua. “La cosa ta dura”, parece ser la frase más popular entre la gente hoy en día.

¿Por qué no avanzamos? La respuesta es lógica y no se me ocurre mejor manera que explicarla que con la siguiente analogía: Cuando yo era chiquita mi mamá me preparaba los mejores emparedados para llevar en la lonchera. Así lo hizo por varios años, todos los días, hasta que en una ocasión me dijo: “No más, tú tienes que aprender”. Me dio todos los ingredientes y me enseñó exactamente el procedimiento para que me quedaran tan ricos como los de ella. Aprendí, pero me rehusaba a prepararlos. Era mucho más cómodo dormir 10 minutos más y que ella madrugara y me los hiciera. Pero un día mi mamá no se levantó, al día siguiente tampoco, y me tocó aprender, hacer ese pequeño esfuerzo y despertarme unos minutos antes para cocinar.
Ahora le doy gracias a mi madre porque aunque es algo insignificante, me enseñó a valerme y a ganarme las cosas por mí misma.

¿A dónde quiero llegar con esta pequeña anécdota? A que entiendan que el Gobierno es como una madre que nos tiene mal acostumbrados. Nos pone todo en bandeja de plata sin que tengamos que hacer el mínimo esfuerzo por ello. Nos ha llenado de subsidios y planes que en vez de ayudarnos a avanzar y a erradicar la pobreza, la han estimulado, entre otras razones, porque a los “beneficiarios” de estos subsidios y programas les resulta muchísimo más cómodo ganar sin trabajar ni producir, que tener que ir trabajar todos los días para poder ganar.

En vez de desarrollar las capacidades de las personas y animarlas a que sean productivas y eficientes, los gobiernos prefieren darles migajas que las convierten en seres dependientes. Con estas medidas le hacen un daño irreparable a la sociedad y afectan la productividad del país.

Los gobiernos se quejan de que sus presupuestos son insuficientes, pero nos cobran un sinfín de impuestos para mantener una burocracia parasitaria e improductiva.

No le des pescado al hombre, dale la caña y enséñalo a pescar. Los gobernantes tienen un mal concepto de lo que es verdaderamente ayudar. No se trata de regarle las compras en el súper a una familia todos los meses; no es entregarle una beca a un niño que no se la ganó ni es darle más tierras a los agricultores.

Ayudar es capacitarlos para que tengan todo el conocimiento y puedan sacarle mejor provecho a sus tierras; es capacitar a los profesores para que brinden una mejor educación, y entregar becas a los niños, si se las merecen.

Ayudar es dejar de darle todo gratis a las personas y empezar a crear conciencia de que si quieren algo, tienen que trabajar por ello. Si estuviesen capacitados, hasta el mismo pobre saldría de la pobreza.

Es triste escuchar decir a mucha gente que al panameño no le gusta trabajar, y más triste aún es saber que es cierto. Nos estamos creando una mala fama y no es culpa de los ciudadanos, sino de todos los gobiernos que nos malacostumbraron a recibir sin tener que derramar una gota de sudor.

Es hora de madurar y crecer, es hora de decir basta, es hora de ser útiles y merecernos las cosas porque hemos aprendido y trabajado arduo por ello.

“De nada sirve intentar ayudar a quienes no se ayudan a sí mismos”. “No corregir las propias fallas es cometer la peor de ellas”, estas dos sabias frases son del pensador chino Confucio; a pesar de haberlas dicho hace más de dos mil años, parece que aún no llegan a oídos del Gobierno panameño.

domingo, 9 de marzo de 2014

EL CASO VENEZOLANO

Los invito a leer este artículo de mi amigo el Dr. Calicho Abadía

Corrupción institucionalizada
Carlos David Abadía Abad
Hoy nuestra hermana República de Venezuela padece, probablemente, la peor crisis política, social y económica en su historia. No creo que exista un solo demócrata que esté de acuerdo con esto, aunque la Organización de Estados Americanos (OEA) y sus embajadores miren hacia otro lado, como hicieron con nosotros en 1989. Casualmente, el gobierno y el pueblo venezolano fueron aliados nuestros en la lucha contra la dictadura militar. Lo que quiero compartir con ustedes son las causas reales de la crisis que ellos sufren ahora.

En 1988, viajaba hacia Venezuela junto a un grupo de panameños para entrevistarnos con líderes políticos de ese país y divulgar la lucha civilista. En el avión conocí una ciudadana de aquel país quien me comentó que la corrupción era insoportable y que un partido tapaba al otro en esa mala práctica, que algún día explotaría. Desde entonces me quedó zumbando el oído por esa aseveración.

Tengo entendido que en los gobiernos anteriores al de Hugo Chávez la corrupción se institucionalizó, que a pesar de tener un recurso natural multimillonario, la pobreza se profundizó y se perdió la fe en los políticos, porque las obras públicas tenían sobrecostos absurdos y groseros. En ese escenario de total corrupción, el petróleo no era suficiente para cubrir los costos de funcionamiento del Estado y le aumentaron el impuesto al combustible. Eso hubiese sido razonable por el alto subsidio que el Estado aportaba, pero esos gobiernos carecían de moral de pedirle al pueblo que pagara más, cuando la corrupción era evidente.

El campo estaba servido, en bandeja de plata, para que un falso Mesías se ofreciera a salvar al país de aquella crisis. Y apareció, de cuerpo completo, Hugo Chávez, quien hábilmente manejó toda la frustración y rabia del pueblo. Primero los compró con el populismo, a la vez que corrompía a una gran parte de la clase política. En pocas palabras, “democratizó la corrupción”, luego se hizo una Constitución a su medida, para anular en “democracia” al resto de las instituciones, y legitimó su dictadura. Sin embargo, todo esto cuesta mucho dinero y, por más alto que esté el precio del petróleo, las ambiciones se hacen desmedidas... el resto es historia conocida por todos. Hoy la podredumbre que experimenta ese país emana por todos lados.

El pueblo venezolano sufre, de cierta manera, debido a su propia irresponsabilidad. Una gran parte, aceptó la corrupción por omisión, es decir, por mirar hacia la acera de enfrente, diciendo: “Eso a mí no me perjudica”, “todos los gobiernos roban” o “si este gobierno hace obras, qué importa que robe”. Otros fueron cómplices, porque sus empresas eran beneficiadas por los sobrecostos; algunos más lo fueron por ignorancia; por obtener beneficios momentáneos como ser “comprados”, ya sea a través de las “ayudas comunitarias” o por recibir un salario del Gobierno sin trabajar, las conocidas “botellas”.

Los gobernantes, al institucionalizar la corrupción por medio de diferentes disfraces, saben que necesitan destruir o manipular las instituciones democráticas. Por eso, conforman una Asamblea a su medida, sea comprando o extorsionando a los diputados, para tener mayoría. Paralelamente, construyen una Corte Suprema a su antojo. De esta manera su plan se concretiza. Luego corrompe a un sector del país, lo hace su esclavo y manipula las instituciones para tener el poder absoluto.

La mala noticia para ellos es que su reinado no es eterno, tiene su fin. Y entre más duradero, el estallido será peor. El pueblo venezolano experimenta la desazón de no saber cuándo terminará esta pesadilla. Lo cierto es que cuando despierte de este mal sueño, Venezuela no será el mismo país de antaño.

Por esto es que los ciudadanos debemos tener muy claro que mirar para otro lado, justificar los actos de corrupción y permitir el debilitamiento de las instituciones democráticas nos afectará, tarde o temprano, y que la clase media será la más afectada, porque le es difícil empezar una nueva vida en otros lares.

Meditemos, con la seriedad del caso, la crisis venezolana. No existe una vacuna para evitar que este mal nos contagie. Solo mediante la participación y la actitud de responsabilidad que cada ciudadano debe tener, podemos cerrarle el paso a la corrupción. Aceptar el debilitamiento de las instituciones democráticas nos hace más dependientes y pobres, y serán nuestros hijos lo más perjudicados. ¡De institucionalidad y democracia sí se come! Además nos proveen dignidad, respeto y honorabilidad.

martes, 4 de marzo de 2014

¿Qué nos pasó?

Hoy se celebra el Martes de Carnaval en muchos países. En Brasil, reconocido como el mejor carnaval del mundo, el lujo y la fantasía es el denominador común en los millones de personas que disfrutan de esta fiesta popular en el país mas grande de Sur América.

Mientras tanto, sus vecinos del norte, siguen en las calles luchando por restaurar una verdadera democracia participativa, donde puedan ir a los super mercados a comprar comida, donde puedan caminar por las calles sin que les roben sus celulares, donde los canales de TV no sean clausurados y donde a fin de cuentas, la gente pueda pensar y decir lo que mejor les plazca, sin el temor a ser encarcelados o a ser violados, por quienes están llamados a reservar el orden y la constitución.

La organización internacional que debe velar por que se cumplan los preceptos regionales en el continente, ha estado muy ocupada y alegando errores de procedimiento, ni siquiera se ha sentado a ver el tema y mientras tanto ya hay decenas de muertos y heridos en esa hermana nación.

Un poco mas lejos, una de las grandes potencias del mundo, ha desplegado tropas e izado su propia bandera, en un territorio autónomo que le pertenece a sus vecinos y otrora aliado. La comunidad internacional, entre ellas varias otras grandes potencias del mundo, alzó su voz y los amenazó con "sanciones comerciales y diplomáticas". Me imagino que las mismas sanciones que derrocaron a Noriega y a tantos otros dictadores en el mundo.

Por su parte la mas grande organización internacional que agrupa a todas las naciones del mundo, una vez mas demuestra que al ser manipulada por los "5 grandes" dueños y señores de la verdad, tiene las manos atadas y es poco lo que diplomáticamente puede hacer.

El líder de los invasores, inteligentemente ha declarado que los países que lo critican son unos hipócritas, pues ellos han hecho lo mismo en otros países y que por lo menos el tiene una carta del presidente constitucional del país invadido en que le pide que se reestablezca la seguridad en la región en disputa. Infortunadamente no deja de tener razón en la primera parte y nuevamente habría que agradecer a ese ex presidente que quebró los balances en el mundo y nos tiene pagando precios exhorbitantes por la gasolina y tantas otras cosas. Lo mas triste es que su nación lo había reelegido!!!!

Mientras tanto en otros países de Asia y de África, las luchas por la misma autodeterminación de los pueblos siguen, quizás con mayor intensidad, pero para los latinoamericanos no es de tanta importancia, pues no nos toca a nosotros, o al menos eso creemos...

Mientras tanto en nuestro patio, el desenfreno, despilfarro, la irresponsabilidad y la falta de respeto pareciera prevalecer sobre el sentido común y los valores. Pareciera que para nosotros no hay crisis, canasta básica cara, problemas de transporte y que todos los problemas del mundo nunca nos afectarán. Somos, como los chiquillos chiquitos: Invencibles e inmortales!

Basta ver el orden de los carnavales en Barranquilla o en Rio de Janeiro, para lanzar la pregunta ¿Qué nos pasó? ¿En qué momento nos cambiaron tanto y tan radicalmente?

Entre mañana y el miércoles cuando haya que regresar al trabajo y/o escuelas, no haya para almorzar el fin de semana o para el transporte de los estudiantes y haya que nuevamente recurrir a las casas de empeño, financieras y demás, empezarán las lamentaciones.

Ojalá al regresar a sus lugares de residencia y trabajo, los jóvenes y adultos retomemos una nueva ruta donde promovamos y practiquemos los valores que deberían ser el norte en todo lo que hacemos. Todos tenemos una responsabilidad para con la tierra que o nos vió nacer o nos acogió para que nuestros hijos crezcan en ella. Todos tenemos que unirnos para que podamos tener un mejor Panamá, practicando la democracia que tanto nos costó y la cual hoy no valoramos como deberíamos.

¿Por qué no iniciar respetándonos tanto a nosotros mismos como a nuestros vecinos, promoviendo la honestidad y siendo tolerantes con lo que piensa nuestro prójimo?

Y tú, ¿de donde eres?

Corría el año 1989, cientos de panameños habíamos emigrado, algunos por razones políticas, otros por razones económicas y otros escapand...