miércoles, 19 de febrero de 2014

MARTIN NIEMÖLLER, EL HOMBRE QUE SUPO VENCER

Escrito por: Ricardo García Nieto el 05 Ene 2011

Durante la Primera Guerra Mundial, Martin Niemöller fue comandante de submarinos. Después se convirtió en predicador. En 1933, ganó popularidad con su libro “Del submarino al púlpito”, en el que describió su transformación en pastor. Un año después conversó con Hitler en una reunión con los líderes de las iglesias protestantes de Alemania. 

Hitler dijo:
-No deben preocuparse: sus iglesias seguirán exentas de impuestos y mantendrán su cobertura legal.
-Nuestra preocupación no es ésa –respondió Niemöller, ante el pasmo de sus colegas-; nuestra preocupación es el alma de los alemanes.
-El alma de Alemania déjemela a mí –replicó Hitler.

En 1937, poco antes de ser arrestado por oponerse a la nazificación de las iglesias, advirtió en uno de sus sermones: “No estamos dispuestos a guardar silencio por mandato del hombre cuando Dios nos ordena hablar”.

En 1938 se celebró el juicio que lo condenó a sus primeros 7 meses de prisión.

-¿Cómo se atreve usted a desobedecer al Führer? –preguntó el juez.
-Mi único Führer es Dios –contestó Niemöller.

Al salir de la cárcel, fue arrestado por orden directa de Hitler como su “prisionero personal” y enviado a los campos de concentración de Sachsenhausen y Dachau.

Con la derrota alemana en la guerra, fue liberado por las tropas estadounidenses. Habían pasado ocho años, su hija menor había muerto de difteria y dos de sus hijos habían caído en el campo de batalla. Puso sobre sus hombros el peso de la culpa y en uno de los sermones más célebres de la historia, durante la Semana Santa de 1946 en Kaiserslautern, dijo:

Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.

Estas palabras, transmitidas oralmente, que fueron atribuidas erróneamente a Bertolt Brecht, calaron tan hondamente durante la posguerra que se convirtieron en uno de los textos morales de mayor peso en la historia.

Hitler había perdido militarmente su guerra, pero acababa de sufrir una segunda derrota en el más allá. Esta vez en el alma de los alemanes.

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